Una comunidad en la que reina el buen humor. En la que entre mujeres no hay rivalidades, y ser amigas es como ser hermanas. Donde la agresividad genera rechazo y vergüenza, y el amor es una elección libre del sentido de propiedad y de familia. Así describe Ricardo Coler a los Mosuo, la última comunidad que vive bajo el signo del matriarcado.
por Elsa Pfleiderer
Bienvenidos al clan
¿Cómo es la vida en una sociedad donde las mujeres tienen todas las prerrogativas y los hombres ninguna?
Para decepción de los fantasiosos, el matriarcado no es el revés de la sociedad patriarcal. Pero sus costumbres pueden resultar curiosamente familiares a muchas mujeres de nuestra sociedad actual.
Cerca del budismo y en las antípodas de los preceptos católicos, la cultura Mosuo, vive en el respeto a la naturaleza, y bajo el mando de las mujeres, porque las considera más aptas. Los hombres, mientras tanto, tienen menos responsabilidades, y son más afectuosos con los niños y menos violentos.
Para los Mosuo, “familia” son los que tienen un lazo de sangre directo y conviven en la misma propiedad, la vivienda del clan. La figura principal es la matriarca. Vive con los hijos, la madre, los hermanos, tanto varones como mujeres. No hay padres ni abuelos, se los desconoce, o se los considera de otra familia.
La propiedad siempre está en manos de las mujeres, y sólo la pueden heredar las hijas. Pero ocuparse del bienestar de la familia, no significa acumular bienes, ni amasar una fortuna. Volverse acaudalado no es un valor social.
Como en la sociedad matriarcal las familias viven en el mismo predio y sus miembros no se casan, el cuidado de los ancianos y los niños es un tema resuelto: todos están a cargo de todos.
Contrariamente a nuestras formas, en las que se piensa que casarse es un modo de tener familia, los Mosuo creen que la mejor manera de tener familia es no casarse. Consideran que el vínculo amoroso no es lo suficientemente estable como para fundar en él una familia.
En realidad, los hombres Mosuo se asustan con la idea del matrimonio. Vivirían siempre con una extraña, y encima siempre con la misma. Su hogar es la vivienda de sus madres.
Ni en sus relaciones pasajeras, ni en sus vínculos profundos, conviven con una mujer, aunque lleguen a tener una “axia”, como denominan a las relaciones duraderas, algo así como un matrimonio abierto.
En cuanto al padre, su rol es poco relevante, la más de las veces un desconocido, y siempre carente de rango social.
La iniciación de la matriarca
Cuando cumplen trece años, los Mosuo consideran que los niños y las niñas entran en la adultez. Se realiza entonces una ceremonia que en el caso de las mujeres tiene más trascendencia, porque cambia su status social y produce un cambio radical en sus vidas. Se construye para ella una casa, que será donde tenga sus encuentros privados, vivirá su intimidad, y podrá recibir a sus enamorados.
Así se comenzará a cumplir una de las condiciones del matriarcado: la matrilocalidad. Se refiere al sitio de residencia. Se vive donde vive la mujer. Si un hombre quiere relacionarse con ella, deberá trasladarse donde vive la mujer.
La otra condición característica es la matrilinealidad, que está ligada a la transmisión del apellido, que es siempre el de la mujer. Pero Ricardo Coler manifiesta en su libro, que el matriarcado no se reduce un conjunto de reglas que mejoran la situación de la mujer. “El matriarcado es una simple cuestión de actitud”… “Se tiene que notar quién tiene el mando y no alcanza con que las relaciones entre hombres y mujeres sean igualitarias. Cuando una sociedad es realmente una sociedad matriarcal se siente el peso de la jerarquía femenina en la vida cotidiana”. Y aclara que esa “actitud” involucra la postura erguida de la mujer al dirigirse al hombre, una voz que denote autoridad, y una forma de expresar opiniones que no deje lugar a dudas.
Lo interesante es que estas mujeres no pierden por fuertes, su esencia femenina. Las Mosuo profesan la sabiduría de lo que no hay, de lo que no puede encontrarse. Una sabiduría que las preserva de ilusiones que al incumplirse terminan por decepcionar y convertirlas en pasajeras crónicas de tren de la queja. ¿El mejor ejemplo? Las mujeres Mosuo se abstienen de intentar ser comprendidas por un hombre. No participan de la fantasía tan común entre nosotras, de que en el otro sexo hay alguien que es nuestra mitad equivalente, y que sólo basta un poco de buena voluntad para encontrarla.
Coincidencias, oposiciones, rechazos
¿Cuál es la paradoja que plantea una sociedad en la que las relaciones entre hombres y mujeres son muy diferentes a las nuestras?
La tradición y los modelos heredados llevan a naturalizar conductas que son sólo culturales. Las características que un grupo social atribuye a uno u otro sexo, son producto de la matriz cultural imperante, y de ninguna manera habla de las capacidades inherentes a uno u otro sexo.
Cuestionar esos límites externos que nos modelan y nos rigidizan, permite recuperar el equilibrio. Donde antes la mujer se ubicaba en desventaja, sin derechos y en minusvalía, y el hombre se sobrecargaba de responsabilidades y perdía parte de su mundo emotivo.
En nuestra actualidad, muchas mujeres son cabeza de familia, y otras tantas reniegan de la presencia y la importancia de los padres. Detrás de estos cambios sociales, se juegan visibles cambios económicos, y el poder está íntimamente ligado al acceso a los bienes.
El abismo fundamental que nos separa de los Mosuo está dado en que para ellos, el eje del poder no se traslada detrás del tener, y en que las matriarcas son siempre respetadas y reconocidas, por sí mismas y por su esfuerzo de sostener el bienestar del clan.
En una sociedad como la nuestra, donde históricamente es muy reciente la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, y están hondamente arraigadas costumbres que mantienen a la mujer en una situación de postergación, comparar la organización social de los Mosuo es una experiencia deslumbrante y provoca interesantes reflexiones acerca de nuestra propia vida.
Ricardo Coler es médico, fotógrafo y periodista. Investigando acerca de las sociedades matriarcales llegó hasta un poblado de China a orillas del lago Lugu, el lago de montaña más grande de toda Asia. Allí, en una población de unos veinticinco mil habitantes viven los Mosuo. Una comunidad donde las mujeres están claramente al mando.
Desde su visión occidental, llevó sus interrogantes acerca de lo que ocurre con los roles masculinos y femeninos, con la familia, la sexualidad, el trabajo y la política, donde las mujeres tienen el ejercicio indiscutido del poder. Su libro es un pasaje a ese mundo fascinante: el último de los matriarcados.
Fuente: Revista NSM del Centro de Expresión Juvenil de Venado Tuerto
MUY INTERESANTE EL ARTICULO.LEÍ DE COLER Y COLAB."LA MUJER DE MI VIDA" Y LAMENTO MUCHO QUE NO CONTINUARA.
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