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Literatura para disfrutar de tus compañeros de clase

Aquí encontrarás los textos que alumnos de la Facultad Libre se dieron el lujo de leer ante un concurrido público en el Bar El Cairo el domingo 30 de Septiembre.

Visitá y sumergite en el mundo propuesto por Gustavo Avetta, Martín Carr y Maite Elías.

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NOCHE ILOSCURA
por Gustavo Avetta

Rituales,
Siempre brillantes
En todos sus tonos azulnoche,
Armónicas danzas
con ojos de Minerva
las brujas despiertan,
las hadas arrullan,
y yo,
Ahí por siempre jamás,
Zorba en las
azuladas nubes,
bailando
con viejos Dioses,
bebiendo del viento,
su Elixir.

VEN
por Gustavo Avetta

Cólera de dioses,
desobedecidos designios
golpes de martillos de rabia, sobre
yunques que,
de acerado dolor forjados,
gritan, lacerados,
por la suave, humana,
hipocresía.
lanza, que, a tus humanas carnes,
sangrante desgarra
como un río carmesí,
nacido en el delta, que
forjaron tus
espinas clavadas
en la pureza,
del principio.

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UN HOMBRE
por Martín Carr

Desacelera el paso, comienza a caminar. Unos pasos más adelante se detiene. Las piernas sienten su peso, las rodillas se enderezan aliviadas. Sus pies tienen ahora la tarea de sostener todo lo demás, pero no se inmutan. Con la respiración más pausada mira a su alrededor. Está en una zona de mucho movimiento, la gente toma colectivos, camina, transpira y se queja del clima. Otros salen de trabajar, con caras de jornada completada y tarea lista. Una abuela apoya uno a uno sus pies, como temiendo lastimar a las baldosas. Claro, tantos años sobre tan poca cantidad de cemento. El asfalto negro parece devolver lo que poco antes tomó del sol y los neumáticos. El calor le sube por los tobillos a la señora, sus tobillos hinchados
de señora hinchada. Se acerca un nene y lo mira, como si nunca hubiera visto a alguien parado, sin más, en la mitad de la vereda.

El ex peatón, cansado de lo estático y vertical de su postura dobla las rodillas y desciende hasta quedar sentado en el piso. Con la mirada en nada (o en todo) permanece en silencio. Es una esquina como cualquier otra, y él sentado en silencio. Algunas personas se acercan y se lo quedan mirando. Las miradas de más lejos ejercen una fuerza que hace que otras miradas sigan a las primeras, propiedad frecuentemente demostrada, cuando hay suficientes ojos en un lugar. A esta altura ya hay decenas de personas a su alrededor, formando un círculo de baldosas, vacío e intriga de unos cinco metros de diámetro. El anillo de cuerpos se va engrosando: ya corta por completo calle Cochabamba, y empieza a juntar gente en la vereda opuesta.

Los murmullos son leves pero persistentes. Preguntas sobre cómos, por qués, quién... Algunos aventuran hipótesis, otros sonríen como si fueran parte de una gran broma y se alejan, aunque en el fondo se sienten parte de todos los que permanecen observando, y sobre todo parte de él.

Unos chicos se burlan y le gritan groserías. Algunas personas los reprenden, pero la mayoría permanece inmutable. Cansados de la monotonía, los chicos siguen su camino.

Ya son varias cuadras de seres absortos. Los de la periferia arriesgan choques en cadena, crímenes pasionales y cosas por el estilo, sin conocer que en el centro de este gran anillo se encuentra una persona, casi como cualquier otra, sentada en una vereda, casi como cualquier otra, y nada más.

No tardaron mucho más tiempo en llegar las cámaras de televisión. Los primeros en llegar, que no querían perderse el desenlace, regresaron a sus hogares, para seguir el tema desde ahí. Nadie quería moverse.

Cayó la noche y el silencio era sepulcral. Alguna vecina le acercó un vaso de agua y algo para comer. Él no probó bocado, no miró a nadie a los ojos. Es extraño, no su aspecto, sino que parece estar mirándose hacia adentro, comentaban algunos. Las órbitas de los ojos abiertos, pero sin mirar...

Y de repente, sin previo aviso, se puso de pie. Sintió la energía de cientos de miradas, frunció el ceño, movió de un lado a otro la cabeza y avanzó cruzando la calle. La mayoría se hizo a un lado, algunos lo tocaron como si fuese un santo. Sorprendidos lo vieron perderse por avenida Pellegrini, sin emitir un sonido, sin explicar nada. Poco a poco la gente comenzó a mirarse, entablaron conversaciones con desconocidos y se sintieron un poco defraudados.

Algunos creyeron develar el misterio, algunos se dieron cuenta: ese hombre estaba pensando.


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SELECCIÓN
por Maite Elías

I

Los huesitos desamparados del tiempo
suenan como castañuelas de muerte.
A veces se desarman en percusiones ancestrales
como viejo animal agazapado.

Son las carrasperas de los siglos
reiterando años.

Pero el tiempo siempre vuelve a incorporarse
como niño que gatea
y nace en cualquier ave solitaria
que busca la bandada perdida.

II

La noche es una amenaza que se precipita
oscuramente paralela a los tambores.
Cae como trueno de piedra
y ausculta silenciosa latidos agazapados.
Se pone en cuatro patas para aferrarse
a piernas y manos indefensos.

Y aunque al costado de uno
alguien duerma sin recuerdos
la noche sigue siendo una ausencia
una oscura amenaza de abandono
un irse del otro hacia la nada
mientras uno se queda
aferrado al espanto.

III

Ahora
hay que construir el nido
fuera de la rama
Un nido que se sostenga en el aire
ingravido-
como un globo sin hilo
con aristas que apunten al infinito.

Ahora sí,
ahora hay que construir una casa
de viento y de barro
con un soplo de amor en las cortinas
y una gran risa
que neutralice las lágrimas para siempre.

Ahora es el tiempo
de incorporar astillas de trigo maduro
semillas de sésamo que aceiten los dolores
y algún perfume de damascos esenciales.

Ahora
Ahora y no ayer.
Ni mañana.

IV

Recostruir
con astillas de olor a tierra y de agua
la estructura dañada.

Atisbar
en las tablas descosidas
esa voz anterior a los encuentros.

Asegurar
con clavos que no hieran las entrañas
las imágenes nuevas del olvido.

Subir una escalera interminable
paso a paso,
sustancia tras sustancia.

Y en la noche volver a repetirnos
como si fuéramos dos enamorados.


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