¿Y a mí qué?

La argentinidad al palo en el Planeta Shampoo.

por Lila Luchessi

Según el Informe sobre la Juventud Mundial, publicado por la Organización de las Naciones Unidas en 2005, doscientos millones de los jóvenes del planeta –que tienen entre 15 y 24 años– viven cotidianamente con un dólar por día. Otros quinientos quince millones sobreviven con apenas dos dólares diarios. Y, a pesar de ser la generación más educada de todos los tiempos, todavía hay ciento trece millones de chicos que no van a la escuela y ciento treinta millones de jóvenes que son analfabetos. Aunque desde hace diez años la inserción de chicos y jóvenes en el sistema educativo formal no para de crecer, los valores de exclusión que aún se mantienen son preocupantes. Estas situaciones de desigualdad entorpecen el desarrollo de muchos jóvenes y condicionan sus potencialidades, sus desarrollos y sus futuros.


Al muere

Si se tienen en cuenta las causas más frecuentes de mortalidad, se observa que los factores más comunes son el VIH / Sida, la violencia y las heridas. El escenario que naturaliza el uso de estupefacientes permite que el consumo de drogas sintéticas en los países subdesarrollados crezca hasta ponerlos –casi– en la situación de los países desarrollados. Mientras que el crack (o Paco) se generaliza en el consumo de los jóvenes de las franjas más pobres. Por eso, las causas de muerte que se acaban de describir pueden asociarse con un creciente consumo indebido de drogas que se extiende entre los distintos sectores de los jóvenes.
En el informe, los datos sobre la delincuencia juvenil resultan llamativos. Su aumento constituye una amenaza para la sociedad. Sin embargo, la complejidad de este suceso está puesta en que no solamente cometen delitos los jóvenes excluidos. También lo hacen esos otros, que por sentirse protegidos por sus pertenencias sociales y económicas creen que pueden ser impunes. De este modo, muchos de los hábitos culturales de los chicos de la base y la cima de la pirámide social, paradójicamente o no– resultan prácticamente similares. Claro que sus causas no son las mismas. Sin embargo, el resultado lo es: cruzar el límite sin consecuencias, por lo menos en lo inmediato.
Los cuestionamientos juveniles apuntan a todas las formas tradicionales de expresión, participación y comportamiento social. Desde el sistema electoral hasta los viejos modos de cometer delitos reciben fuertes impugnaciones de los más jóvenes. Si la acción directa enfrenta al sistema de representación y pone en jaque la credibilidad de los históricos partidos políticos –y su consecuente delegación en manos expertas– en terrenos delincuenciales, los pibes chorros dejan a los viejos patinando en el vacío.
Nacidos en democracia, los jóvenes argentinos no solamente discuten las instituciones, sus eficacias y las potenciales formas de encararlas hacia el futuro. Descreídos de cualquier forma de autoridad, la impugnan a partir de no darle reconocimiento.


¿A quién le importa?

El fenómeno de la negación de la autoridad no se corresponde solamente con las expresiones juveniles. En un capítulo titulado “¿A mi qué mierda me importa?”, Guillermo O´donnell escribió, en 1997, que los argentinos no desconocen la existencia de las instancias de autoridad, simplemente que no las reconocen. Saben quién manda, cómo se establecen las reglas institucionales, qué consecuencias puede traerles no acatarlas. No obstante, lo que les pasa con eso es que les importa una mierda. “A mi qué mierda me importa” es un estilo de vida, una cultura ciudadana que establece un conocimiento de la trasgresión, pero un desconocimiento conciente de la sanción que pudiese corresponder. Ese estilo, digno de críos caprichosos que no conocen el peligro, puede observarse en adultos que cruzan la raya que separa el bien del mal, lo legal de lo ilegal, lo democrático de lo antidemocrático.
¿Cómo asignarles –entonces– la exclusividad de estas conductas a los jóvenes si la presencia de ellas puede analizarse en toda la sociedad? ¿Por qué los más chicos deben cargar con el mote de desinteresados si forman parte de una comunidad a la que todo parece darle lo mismo? ¿Quién necesita correr el foco de la desidia hacia los sectores juveniles cuando puede observarse como un rasgo de argentinidad?
De última, e invirtiendo el eje argumental, a quién mierda le importa lo que los jóvenes hagan si los caudales de votos y los niveles de consumo alcanzan para ganar elecciones y acumular dinero.


Todos los males de este mundo

Desde sus inicios, la política requiere de cierta teatralidad para que sus destinatarios comprendan y adhieran a las propuestas que se hacen desde las dirigencias. Durante más de una década, la desilusión ciudadana con los políticos tradicionales se tradujo en un problema serio. Los líderes concedieron a la sociedad, pensada solamente como votante, la razón acerca de la imposibilidad de separar la paja del trigo. Con tal de conseguir votos, abonaron la idea de una “clase política” corrupta, mezquina e innecesaria. A pesar de la paradoja: para ganar elecciones había que hacer una política en contra de la política. Si bien dio resultados electorales, las consecuencias culturales fueron muy fuertes y todavía se están pagando. Asociar la política y la dirigencia con todos los males de este mundo dejó como resultado una sociedad desconfiada que participa, sí, pero de otras cosas.
Basta recordar que el 60% de los argentinos colabora –o no tendría problemas en colaborar– activa y voluntariamente en la realización de acciones solidarias. Los jóvenes no escapan a esta configuración pero descreen de las políticas que puedan llevar adelante otro tipo de proyectos o, lo que es peor, los mismos pero en manos públicas. El consenso sobre esta idea no pone en jaque la participación. Lo que golpea es la noción misma del Estado. Duplicar las acciones porque no se confía en quien debiera realizarlas lo único que hace es generar desconfianzas y resquemores tanto en los jóvenes como en sus antecesores.
Usuarios de nuevas tecnologías de infocomunicación, los más chicos agilizan el manejo y establecen una ampliación de los potenciales emisores en la red muy difícil de seguir si no se es “uno de ellos”. En este contexto, no hay que olvidarse que además acceden a una enorme cantidad de información. Sin embargo, los datos que circulan no son necesariamente los más apropiados para ejercer la ciudadanía con responsabilidad.
La circulación de la queja, la protesta y el desacuerdo constantes no siempre democratiza las prácticas sociales. Sencillamente amplifica, en medio de un griterío de grandes magnitudes, unas voces individuales, solitarias y, en algunos casos, egoístas. En más de una ocasión, los relatos parecen hechos por unos espectadores que llegaron al cine con la película empezada. En otras, que el mundo se circunscribe al universo personal e íntimo de quien lo describe en su propio webblog, sin advertir que es un poco –y no mucho más que un poco– más complicado.
Con todo, los números acerca de la participación juvenil no justifican la desilusión adulta respecto de estas prácticas. Si bien hay una baja en la cantidad de votos jóvenes en las elecciones nacionales alrededor de todo el mundo, también es cierto que la crisis de los partidos políticos no se refleja solamente en la actitud más descreída de estos sectores. Los adultos también experimentan una especie de apatía que se torna central en las educaciones de quienes nacen y viven en un clima hostil a la política y el sistema de representaciones. A pesar de esto, analizar que la baja participación electoral se puede igualar con el desinterés resulta, por lo menos, desacertado. Relacionados con la preocupación por el empleo, el racismo, las amenazas al medio ambiente y la carrera armamentista, los jóvenes –generalmente conectados con movimientos estudiantiles y ecologistas– lideran procesos novedosos de acción progresista. Con formas adecuadas a la sociedad de la información, descolocan a las generaciones mayores y son injustamente acusados de frivolizar, banalizar y espectacularizar la política y la sociedad.


Patear la pelota afuera

La pregunta acerca de qué les importa a los más jóvenes no puede responderse en un solo sentido. Las generalizaciones no sólo son incorrectas y odiosas: más bien, suelen estar plagadas de prejuicios. Claro que en tiempos de adolescencias eternas e inmadureces adultas: enfocar a los jóvenes, levantar el índice y acusarlos de apáticos, desinformados e individualistas parece funcional con la idea de mantenerse –cual Walt Disney– congelados en un entorno de desidia e irresponsabilidad.
Patear la pelota afuera no resuelve los problemas. Equiparados con unos adultos que no los contienen en muchos casos deben hacerse cargo de situaciones que no les competen. Socialmente, también se preocupan por los baches que a nadie le importan. En muchos casos, sólo se encuentran perdidos sin que se haga nada por ellos. Entonces, descreídos, parecen repetir la eterna letanía de los sordos. La queja en voz alta de los que no tienen propuestas. La protesta gritona del que se sabe ignorado. La demanda infantil del chiquilín caprichoso. Como sus padres, que siempre encuentran un chivo expiatorio frente a sus propios errores. Como sus dirigentes, que siempre encuentran una excusa en la herencia recibida de otros que también recibieron herencias de otros y así. Como ellos mismos, que son parte de una sociedad en la que los límites se desdibujan, las leyes no implican sanción y, cuando estas se producen, a nadie le importa una mierda.

Lila Luchessi es Dra. en Ciencia Política y Lic. en Ciencias de la Comunicación. Profesora-Investigadora, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

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