Un vestíbulo amplio y bien iluminado

Cuento inédito del Premio Nacional de Literatura, Jorge Riestra (Autor de Salón de Billares, El Taco de Ebano y El Opus, entre otros).

jriestra2.jpg El cuento de los dos viajeros en el preembarco del aeropuerto de Bariloche. “Qué cuento… la realidad”, saltaría como un resorte flaco y ágil el Mendocino si pudiera leer la página que empieza a crecer en el silencio de la tarde y en el otro, secreto, de la sangre y de la mente.

Cada vez que pasa por Rosario —vende libros en todo el país, desde Jujuy a Ushuaia y desde Ushuaia a Misiones, obras sobre ciencia y técnica, no literatura y esas cosas, respuesta textual cuando se repite, lo cual sucede puntualmente a los tres meses, la pregunta de rigor—, el Mendocino se instala en el café tantas noches como suman los días que se queda. “En Mendoza sobra vino y faltan paños verdes”, argumenta, copiándose, convincentemente.

Una larga fila de pasajeros —“sesenta, setenta”, arriesgó— que aguardaban el 747 —o el 737”, se cubrió por si acaso— con destino a Aeroparque. Allí estaban los dos individuos, a medio metro detrás de él, conversando como si estuvieran solos y mateando en el centro del amplio y luminoso vestíbulo. “Los hubieran visto”, dijo el Mendocino y doce orejas y seis pares de ojos no perdían palabra ni gesto del narrador.

Salteño uno, porteño el compañero, un poco más de treinta años los dos, cabello negro y largo los dos, barba negra y espesa los dos. El salteño —campera poderosa, pantalón azul y zapatillas deportivas celestes y blancas, “una armonía de colores muy pensada”, acotó el Mendocino— ocupaba un alto cargo en la televisión nacional.

—Soy hombre de Pérez González —dijo con solvencia, y esperó.

—Un seguro de lujo —aprobó concisamente, sobriamente el porteño.

Había despegado de Esquel, echado un vistazo a San Martín de los Andes.

—Cuarenta y ocho horas que valieron la pena. Y qué hotel —precisó el salteño— con cierto aire rememorativo. Seguía hacia Buenos Aires.

—Aeroparque y en noventa minutos, reserva confirmada, tengo gente idónea y de esa manera me despreocupo, a Mar del Plata. Ocho días. Cuestiones de trabajo. Compromisos.

—¿Te gusta la Casa de Piedra? —dijo el porteño.

—No soy un fanático. Pero siempre doy una vuelta —dijo el salteño.

El porteño venía de Lago Argentino.

—Un vuelo espectacular —comentó. Su itinerario por avión.

—Me manejo con pasajes oficiales. Es lo normal.

—Yo también, claro —asintió el salteño.

Había unido Buenos Aires, Salta, Tucumán, Córdoba, Bariloche.

—¿Qué país tenemos ¿no? —lo acompañó el salteño.

—Fantástico. El mejor del mundo —resumió el porteño.

Volaba a la Capital muy demorado.

—Me tentó la buena vida, distenderme, dejar de andar a las corridas. Pero ahora, a Holanda. Ámsterdam. El 15 me embarco por Varig.

—Una empresa seria, responsable —dijo el salteño.

—Es mi preferida, no la cambio por ninguna —afirmó el porteño. Era coordinador en una institución cultural financiada básicamente por los dueños de casa.

—Una beca —dijo el salteño.

—Algo así.

—¿Te arreglás bien?

—Vos sabés cómo funcionan esos mecanismos.

—¿Desde cuándo estás ahí?

—Ponele dos años. Pero ponele.

—Más o menos como yo —dijo el salteño y se apuró—. ¿Y a vos quién te entorna?

—González Pérez —dijo el porteño.

—Buena palanca. Elegiste bien —dijo el de Pérez González.

—Allí está el avión. Vamos —dijo el de González Pérez.

El mendocino se paró y caminó lentamente hacia la taquera. Llegaba, ya tocaba su taco y comenzaba a sacarlo cuando, como arrepintiéndose, giró limpiamente y clavó la mirada en las seis caras que no se habían despegado de sus pases. “Los hubiesen escuchado” dijo. Eran jóvenes, eran jóvenes, eran recios y miraban con confianza el porvenir”.

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