Tema de Tapa.
Por Jorge Llonch
Secretario de Cultura de la Provincia de Santa Fe
A mitad del siglo XX surgió en Francia el primer Ministerio de Cultura, inspirado por André Malraux. Al poco tiempo toda nación que se precie de tal incorporó una Agencia de Cultura estatal. En España se creó con los primeros Gobiernos democráticos a fines de la década del setenta.
Desde entonces la política cultural ha sido un laboratorio de iniciativas entre el modelo francés –subvencionador y proteccionista– y el modelo estadounidense de organizaciones de la sociedad civil y mecenazgo privado.
En algo hay coincidencia generalizada: la cultura es un servicio público que requiere gestión de máxima calidad.
El Estado tiene una responsabilidad política y un presupuesto asignado: ¿qué hacer? Lo cierto es que el modelo del Estado subvencionador, aparece cada vez más cuestionado en sociedades abiertas e informadas, en las que siempre serán discutibles los criterios a partir de los cuales el Estado subvenciona tal o cual expresión creativa.
Por eso la política que impulsamos es de transición de la subvención a la inversión y la promoción.
La gestión cultural desde el feudalismo al Estado moderno es la historia de la transformación de la cultura en bien común.
Entre las muchas funciones de la política cultural, me importa destacar la promoción de la diversidad de expresiones y la creciente importancia de las industrias culturales, más allá de sus implicaciones comerciales, por su tarea de fomentar iniciativas minoritarias.
En ese sentido apuntan los museos de la Provincia, de las bibliotecas, de los teatros, centros culturales, bibliotecas, sinfónicas y coros. Aún aceptando las críticas por lo que falta hacer, pero sin desmerecer sus logros e iniciativas que apuntan a preservar una identidad, promoverla y darla a conocer al mundo entero.
Estas políticas requieren mucho debate. Hemos abierto un espacio para ese debate en la Revista de la Secretaría, Lenta Prisa, que pretende ser el ámbito de un debate enriquecedor de las políticas culturales para Santa Fe, para sus localidades y para otras gestiones también.
Tenemos grandes artistas que queremos mostrar, pero que queremos que los ciudadanos de nuestra provincia también puedan disfrutar, eso es socializar la cultura. Pero nos gustaría dar un paso más: democratizar la cultura, esto implica que todos puedan acceder no sólo al consumo, sino también a la producción.
En esta tarea no estamos solos, no podríamos estarlo nunca porque es una política del Estado provincial democratizar la cultura. Con el Ministerio de Educación dimos pasos concretos en esta dirección. Los recitales masivos que organizamos no se agotaron en el disfrute momentáneo de algunas figuras estelares. Promovimos valores a partir de esos momentos mágicos de encuentros masivos. Creemos que en esos momentos en los que los ciudadanos se reúnen masivamente en un espacio público, se reconocen más que nunca como conciudadanos. Es el momento de hacer palpable la solidaridad y los valores de la vida común, otra vez: la identidad que compartimos.
Por eso no hablamos de “un recital de Fito Páez”, hablamos de la “Plaza útil”, una tarde en la que, ciertamente tocó Fito, pero en la que la gente no fue mera espectadora, la gente participó, llevó útiles para los alumnos más necesitados de las escuelas provinciales y defendió la educación pública.
Hubo todo un debate respecto al sitio de esa jornada, y la gente una vez más llevó los objetivos de política cultural más allá del límite de nuestras expectativas: cuidó la plaza, preservó el espacio de todos como si fuera el propio patio de su casa.
Esa es la apuesta que nos gustaría ganar todos los días de una gestión cultural: apostar a la gente y que la gente vaya mucho más allá de las propuestas, las mejore, se las apropie y las convierta en un derecho cultural inalienable.
Agregaría que también la Argentina, como nación moderna o nacida en la Modernidad, tiene una larga tradición que podría leerse como la formación del Estado a través de la cultura. Así, el gaucho es tanto una figura histórica como literaria; o San Martín, que hasta la derrota de Rosas había caído en el olvido, es recuperado por Mitre en su afán de darle identidad a la nueva Nación.
De hecho, la mayoría de los escritores fundadores de la literatura nacional (Sarmiento, Hernández, Mansilla, Alberdi) participaron activamente en política.
De cada acción cultural un pueblo sale fortalecido en términos de identidad y objetivos.


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