El día 7 de diciembre Sergio Pujol realizó una presentación exclusiva para los alumnos de la Facultad Libre de su libro "Las Ideas del Rock", con la presencia de Gustavo Varela y Marcelo Zanelli. Esto fue lo que dijo el autor en el encuentro.
Facultad Libre de Rosario. 7 de diciembre de 2007.
LAS IDEAS DEL ROCK. PRESENTACIÓN.
Como todos los que están acá saben, hace unos días The Police anduvo por Buenos Aires. Por supuesto fui a verlos y a oírlos, cosa que no hice en 1980, cuando tocaron en Obras y en la disco New York City, dos escenarios emblemáticos de aquel momento. Esta vez fui a pesar de muchas cosas. A pesar de que me cuesta cada vez más movilizarme a un estadio a escuchar música : hay que salir de casa muchas horas antes, hacer largas colas, aguantarse las ganas de mear más tiempo del que mi edad empieza a imponerme, conformarse con un pancho con coca como única cena y luego volver a casa a cualquier hora, para intentar empezar el día siguiente como si nada. También fui a pesar de que reniego de los reencuentros, los regresos y otras operaciones de mercado. Más aún, en el número de la Rolling Stone que está en la calle hay un artículo mío en el que despliego parte de mi malicia contra el regreso como tendencia de la escena actual. Pero, bueno, la carne es débil y el corazón tiene razones que la razón no comprende. Y además estamos hecho de pura contradicción, y finalmente hay contradicciones peores, tanto mías como ajenas. Así que fui a River el domingo pasado. No me arrepiento. Fue un recital espléndido, con un set de canciones que hoy suenan mejor que hace 20 y pico de años.
Bajo un cielo estrellado y en un lugar magnífico, reflexioné sobre el curso que dimos el año pasado, y obviamente sobre este libro, Las ideas del rock. Ahí estaba yo, en un estadio convocado por el rock. Y pensé : acá hay algo vivo, algo que sigue sucediendo, algo que fluye desde que empezó alguna vez - nunca sabremos bien cuando ni donde, más allá de lo que repitan las hagiografías y historiales del género -, que sin duda cambió mucho y que quizá ya no tenga grandes novedades para contarnos. Pero, caramba, hay un corpus de canciones y un montón de gente dispuesta a pagar por escucharlas en directo, a la intemperie, como si fuera la primera vez, como si el rock fuera siempre un gran debut, una iniciación. Era The Police, pero podría haber sido cualquier otro : el recital sigue siendo la gran ceremonia del rock, su gran promesa de una comunidad de oyentes. Como cantaron los Beatles : “All together now”. Más o menos eso sucede en cada recital.
Y pensé otras cosas, antes de que la música de Sting, Summers y Copland barrieran con todo pensamiento, como debe ser. Pensé en los años transcurridos entre la actuación del 80 y esta puesta en acto del regreso. Las mismas canciones en contextos bien diferentes, en otros humores sociales y políticos y seguramente para otro público, el heredero de aquel, el que tomó la posta de la escucha del rock. También recordé cuanto más difícil era en aquel tiempo hablar de rock más allá del rock
Cuando yo era adolescente, el tema del rock carecía de todo prestigio, de toda acreditación. Los intelectuales que admirábamos, salvo excepciones, pensaban a la cultura popular en los términos más duros, como si buena parte de ella fuera el producto embrutecido de una sociedad alienada. Nadie se hacía preguntas sobre el rock, ni siquiera las revistas del género, del “palo”, como suele decirse, más interesadas en transmitir una información que llegaba a nuestras playas con cuentagotas que en tomar distancia crítica y desmontar ese artefacto tan voluminoso e incómodo llamado rock. Y para la academia se trataba de una música definitivamente “menor”, según las viejas categorías críticas. Una música que sólo parecía interesar a sus apasionados consumidores - para ellos sí era importante - y a un puñado de sociólogos y psicólogos, más preocupados ellos en verificar sus teorías a partir de un circunstancial objeto de estudio que en conocer ese objeto a fondo.
Ciertamente, hoy las cosas son diferentes. En la Facultad de Periodismo, donde trabajo, ya hay más de una decena de tesis de grado sobre la temática del rock, y sospecho que lo mismo sucede en otras facultades del país. Hace poco, con Esteban Rodriguez, compilamos un número de la revista Tramas con el sugestivo título “Rock, cultura y comunicación”. Tanto mi libro anterior, Rock y dictadura, como los que recientemente escribieron Gloria Guerrero (sobre Indio Solari), Juan Carlos Kreimer y Carlos Polimeni ( sobre los 40 años de rock en la Argentina) y Maitena Aboitiz (sobre las canciones más famosas del género) han sido bastante exitoso en sus ventas, lo que indica un interés por leer sobre música joven que antes no existía. Y cuando en algún congreso o coloquio de historia reciente alguien presenta un paper sobre rock, todos paran la oreja, si bien aún sobrevuela cierto cosquilleo de novedad poco acreditada. En el campo minoritario de la musicología, de vez en cuando algún investigador discurre sobre rock chabón, rock e identidad ó rock y cumbia, todo el marco de una paradójica cultura pop. También esto es novedad, al menos en nuestro país.
Bueno, aquí estamos. No puedo negar que la razón de ser de Las ideas del rock tiene que ver con este cambio en la percepción del rock en tanto fenómeno cultural. Me preguntarán, ¿por qué ahora este libro? Como ustedes saben, esta pregunta tiene una respuesta mucho más acotada, con lugar y fecha. El año pasado, invitado por la Facultad Libre de Rosario, dicté un seminario bajo el título “Rock y Pensamiento”. Parece ser que la cosa anduvo bastante bien y Fernando Peirone me pidió que escribiera un libro. Un libro cuyo contenido debían ser los apuntes de las clases. Nunca había hecho algo así. Mis libros anteriores han sido todos, sin excepción, resultados de investigaciones históricas, siempre tomando como eje algún género de música popular y su contexto social y político.
Esta vez, en cambio, se me pedía que convirtiera el seminario “Rock y pensamiento”- título que no elegí - en un libro. Por lo tanto, debía privilegiar al docente y al periodista por sobre el historiador. Bueno, a poco de empezar a trabajar en Las ideas del rock - ese sería el título, que sí elegí - me di cuenta que tenía entre manos una tarea muy compleja, en la que no podía valerme de fichas eruditas, entrevistas ó cualquier otro tipo de documentación con la que habitualmente trabajo, sino que tenía que sintetizar de modo claro y la vez interesante muchas horas - años, mejor dicho - de discos escuchados y libros y revistas leídas. Y que a partir de esas fuentes inconmensurables había que encontrar un itinerario a las ideas. Un itinerario histórico, tal vez, pero sobre todo genealógico. Acá había cierta influencia de Foucault pasada por Greil Marcus, un crítico de rock bastante célebre que escribió, entre otros, un libro fascinante sobre el punk. Pero, claro, yo no soy un foucaultiano declarado y tampoco pretendía imitar a Marcus, aunque ambas influencias son innegables.
Lo que en verdad quería hacer era remarcar, mediante un recorrido de ideas, aquellos núcleos de sentido de lo que aún llamamos rock. Poner a dialogar al poeta Allen Ginsberg con Bob Dylan, pero también a Dylan con Los Beatles. Es decir, señalar ese tipo de conexiones, tanto externas como internas, que han hecho del rock una cultura. Después de todo, si Bjork incluye en una de sus canciones un poema de e.c.cummings, Patti Smith cita a Burroughs, Paul McCartney confiesa en sus memorias haber estado bien informado de los experimentos electroacústicos de los 60, David Byrne asiste a las instalaciones artísticas del Soho de Nueva York y Tom Waits trabaja en algunas películas independientes, ¿por qué no intentar escribir una suerte de historia intelectual del rock? Una historia de tipo genealógico; es decir, capaz de dar cuenta de rupturas y discontinuidades, de saltos extemporáneos y enlaces secretos.
Por supuesto, en las clases de Rosario ya habíamos trabajado, de manera bastante exhaustiva, estas cuestiones. Pero como se imaginarán, un libro es otra cosa. Hay que sentarse a escribir, y en ese proceso nacen frases no pensadas. Es como si realmente aprendiéramos un tema leyendo el libro que sobre ese tema hemos escrito. Es una sensación bastante extraña y les ruego que me crean: mucho de lo que digo en Las ideas del rock yo ni sabía que lo sabía. Necesité hacer un alto para bucear en mil cosas incorporadas con actitud sin duda hedonista. Porque cuando escuché por primera vez El lado oscuro de la luna de Pink Floyd en un equipo de audio de un vecino amigo, ó cuando mi viejo me regaló Gira mágica y misteriosa de Los Beatles (dos pequeños discos “dobles”, de esos que traían un par de canciones por lado, a modo de atajo para llegar del simple al LP) no pensé “voy a prestar atención a estos discos para dentro de 30 años escribir un libro llamado Las ideas del rock”. Sin embargo, en este libro están presente, con todas las transformaciones y cambios de perspectiva que traen los años, aquellas primeras y lozanas impresiones. Están ampliadas, tal vez corregidas, pero están, del mismo modo que la llama del rock calentó el Monumental de River el domingo pasado. Por eso, cuando me preguntan si al analizar estos temas no estoy traicionando al adolescente que fui, digo que no, que al contrario. Le estoy rindiendo un perpetuo homenaje.
Estas reflexiones que estoy compartiendo con ustedes son un tanto íntimas pero creo que muy pertinentes a la temática general del libro. Porque el rock nace con un hálito rebelde, contra las instituciones, contra los valores socialmente consagrados y, sobre todo, contra el gusto de la generación anterior, el gusto de los padres. Los padres como categoría social, como grupo homogéneo, incapaz de entender a los hijos, a los jóvenes. En un parlamento de Rebelde sin causa, James Dean le dice a su madre: “Pero es que no entendés, nunca entendés. Tengo que hablar, tengo que decir la verdad”. No era un problema personal, de un joven con su madre, sino un problema de una generación con otra. Por eso es válida la interpretación del rock como revolución cultural. Del mismo modo que los bolcheviques del 17 se levantaron contra una clase social, no contra los individuos que la integraban, los adolescentes de la posguerra, los hijos del baby boom, lo hicieron contra el grupo de los padres. Y lo hicieron por una demanda general de sinceridad y esclarecimiento. Poner blanco sobre negro, o mejor negro sobre blanco, en distintos terrenos : en el plano racial, en una época de fuerte segregación ; en el plano sexual, cuando los tabúes atormentaban a la clase media ; en el plano de los valores artísticos, cuando una demarcación tajante delimitaba lo que era alta cultura de todo aquello que no lo era.
Aquí tenemos entonces la primera idea del rock: la idea de autenticidad. No digo que esta música ó quienes la practican y escuchan sean más auténticos que los que participan de otros géneros. Digo que el rockero se piensa a sí mismo como una persona auténtica. La autenticidad como valor superior de la música; una ética de la música que, por extensión, involucra a la vida en su conjunto. Hay una búsqueda de homología entre lo que suena y lo debe ser que une el tiempo del rock, articulando distintas épocas. Digamos que se trata de un elemento de continuidad en una música signada por el cambio y el valor de la novedad. Una música, agreguemos, que surge de una gran mezcolanza de estilos preexistentes, y que por lo tanto mal puede reivindicar “autenticidad” en términos de lenguaje y forma. Se trata, más bien, de ser consecuente con una determinada idea, y en ese sentido no debe haber música más intelectual que el rock.
Digo intelectual en el sentido de poner una idea en acción, subirla a escena, encarnarla. Como dice Simon Frith, “en música las ideas no se expresa, se viven”. Bueno, esto define sobre todo al rock. Es cierto que asociamos el rock a la adrenalina, a los actos un tanto irreflexivos, a expresarse sin cálculos. Y está bien, todo eso es cierto. Pero eso no quiere decir que el rock no especule sobre su propia realidad y la de quienes la hacen. Los invito a que lean con atención las entrevistas a los músicos del género, viejos y nuevos. Suelen referirse a lo que realmente son, o lo que piensan que son, que para el caso es lo mismo. Abundan en detalles sobre la producción del disco o la organización de la gira, pero en todo momento insisten en que ellos, y nadie más que ellos, tienen la potestad de la música. La cuestión de la soberanía es muy importante, porque ahí está en juego la ética del rock. Cada vez que se debate sobre los límites entre el rock y el pop - que desde luego son muy frágiles y han sufrido corrimientos a través de la historia -, se revitaliza esta idea de lo auténtico, de eso que no se negocia, ó como se dice en la jerga rockera, no se transa.
Seguramente hoy, que el mercado parece ser una instancia legitimadora de todo o casi todo, la demanda de autenticidad no sea tan fervorosa como en tiempos de Jimi Hendrix. Pero sería incorrecto suponer que ha desaparecido del todo. Si así fuera, no tendría sentido el rock independiente como subgénero de gran predicamento moral. Y tampoco tendría mucho sentido la crítica de rock, una actividad imprescindible en la cultura rock. Más aún, la figura del crítico de rock es central en la configuración del género. Hay un filme titulado Almost famous (Casi famosos) que cuenta la historia de un pibe que quiere escribir en Rolling Stone y conoce a Lester Bangs, un crítico muy agudo y un poco maldito. Luego está Alta fidelidad, sobre la novela de Hornby, que no es sobre críticos pero sí sobre coleccionistas, gente muy estricta y severa en sus juicios. Estos relatos, y muchos otros, nos presentan a gente que está dispuesta a jugarse por sus ideas, aunque esta defensa no conlleve tantos riesgos como la defensa de una idea política, claro. Pero es evidente que no estamos ante una música de consumo pasivo, de esas que se descartan con la misma ligereza y desaprensión con la que se la adquirió. El rock nos exige siempre tomar partido, y a veces incurrimos en pasiones desmedidas, gestos de intolerancia, enjuiciamientos fundamentalistas. Pero nunca la indiferencia, nunca aceptar las cosas como son.
Autenticidad, expresión de un mundo propio a través de canciones propias, identidad en los sonidos y la imagen: he aquí tres nociones o ideas matrices de la cultura rock, ideas que no desarrollaré ahora porque están en el libro y esto es una presentación, no un resumen de wikipedia. Sólo quiero recordarles, para finalizar, que Las ideas del rock no trata del rock en la Argentina, salvo el capítulo final, a modo de bonus track. Trata más bien del rock sin locación, sin Nación, sin otra identidad que su propia praxis sonora y performativa. No significa esto que desdeñe o que considere poco interesante el rock argentino. Mi libro anterior, Rock y dictadura, fue o intentó ser una historia del rock nacional en un momento crítico del país. Pero esta vez quise recuperar esa ambición universalista que supimos tener cuando descubrimos una música que convocaba a todos los jóvenes del mundo, sin distinción de raza, nación ó condición social. No digo que la convocatoria haya triunfado en los términos que se propuso, pero esa idea general, que trascendió cualquier otra idea, sigue siendo, me parece, la utopía del género. La utopía de un mundo sin fronteras, que se reinventa todos días, en todas partes, a todo volumen.
Sergio A. Pujol