Gracias a la inestimable colaboración de la Editorial Homo Sapiens, y a nuestro querido docente y amigo Sergio Pujol, hemos publicado el primer libro de la COLECCIÓN FACULTAD LIBRE.

Contratapa
Asociado a la rebeldía y el inconformismo juveniles, el rock produjo una revolución cultural cuyos efectos aún modelan buena parte de nuestra vida cotidiana. Nació en tiempo del jazz, el blues y la generación beat, y pronto se convirtió en la expresión popular de aquellas formas del espíritu contestatario. Fue la voz de una generación enfrentada a la moral sexual instituida y la segregación racial, y al calor de sus demandas barrió tabúes sociales y jerarquías artísticas a lo largo del mundo entero.
En su nuevo libro, Sergio Pujol ensaya la historia intelectual de un género considerado, en más de una oportunidad, como inculto e ignorante. En un arco que va de la transgresión corporal de Elvis a los experimentos vocales de Björk, y sin desconocer las contradicciones ideológicas del fenómeno, Las ideas del rock reconstruye los hilos de una historia signada por discontinuidades y rupturas, pero también por un cierto carácter inmutable, ese que convirtió a la música de los jóvenes en la voz de una discrepancia profunda.
Prólogo
Entre mayo y agosto de 2006 viajé cada quince días a la ciudad de Rosario para dictar un seminario con un título tan atractivo como enigmático: «Rock y pensamiento». Acababa de fundarse la Facultad Libre y su flamante Director —Fernando Peirone— pensó, atinadamente, que el rock no podía quedar fuera de la oferta de seminarios del área Arte y Sociedad.
Peirone también creyó —quizá no tan atinadamente— que yo era la persona indicada para abordar de modo más o menos sistemático una materia que carece de tradición académica, al menos en nuestro país. Como sea, les estoy agradecido por la confianza depositada. Puedo afirmar, sin pecar de amabilidad y genuflexión, que la experiencia (me) resultó fascinante. Frente a un estupendo grupo de alumnos, pude dar rienda suelta a algunas de mis afinidades electivas, en un ambiente de cordialidad, intercambio de ideas y, como se decía en otros tiempos, «amor por el saber». Durante algo más de cuatro meses me dediqué a leer y releer libros y artículos de los mejores críticos de rock del mundo, mientras me sumergía —a veces con un poquito de nostalgia, por qué negarlo— en la gran discografía del género. En esas fuentes busqué datos y reflexiones que luego transmití en clase y que socráticamente nos condujeron, según creo, a cuestiones más medulares.
Casi inadvertidamente, aquello que había empezado siendo una propuesta docente de tiempo limitado se convirtió en mi principal proyecto del año. Al desafío de síntesis y exposición —había que decirlo todo en sólo 8 clases— se le sumó el del enfoque, ya que no se trataba de contar una vez más una historia de música y rebeldía. Premeditadamente, busqué enfocar los núcleos de sentido del rock como práctica cultural y como género artístico, sin desconocer que, por razones de edad (como se sabe, la «brecha generacional» terminó por reproducirse al interior de la cultura rock), me siento más seguro abordando el panorama previo al punk que aquel que le sucedió. Me concentré en los músicos y grabaciones canónicos, digamos los antológicos, si bien todos ellos supieron ser alguna vez marginales o «alternativos». En otras palabras: el lector no hallará curiosidades ni data exquisita, sino un intento de pensar con cierto cuidado aquello que todos hemos escuchado más de una vez.
Ciertamente, evité caer en el historicismo anecdótico que predomina en el periodismo musical. No quería explicar de manera erudita que Fulanto tocó con Mengano después de haber tocado por años con Sultano (esa hubiera sido una genealogía en el sentido tradicional del término). No negaré que yo también soy un fan que disfruta, casi diariamente, de esa clase de relatos, y sé que los hay buenos y malos; algunos bien escritos y documentados y otros mal copiados de las obras de referencia. Pero el objetivo de «Rock y pensamiento» era examinar las ideas que el rock fue elaborando tanto sobre aspectos generales de la sociedad como sobre cuestiones más acotadas a la creación musical. Si me apuran en las definiciones, diría que exploré las continuidades y rupturas de la(s) poética(s) del rock a largo de los años, convencido de que en toda música habita siempre una visión del mundo.
Las ideas del rock rara vez fueron expresadas en manifiestos, como suele ocurrir con las de los pintores y escritores, o aun con las de los compositores académicos. Podemos decir del rock lo que Simon Frith escribió sobre la música en general: «hacer música no es una forma de expresar ideas; es una forma de vivirlas». Con su tan particular modus operandi —una descarga de adrenalina en el límite de lo socialmente permitido— la música joven ha demostrado tener, a lo largo de su discurrir histórico, un alto grado de conciencia de su realidad y del poder de interpelación social que ésta tiene. De hecho, creo que hay pocas formas culturales tan especulativas y suspicaces, tan atentas a los sobreentendidos y las complicidades.
Estamos ante una música que, según suele decirse, es más que música. Pero esto merece una aclaración. Si algo concreto y específico define al rock, otorgándole una clave de validación y una legitimidad artística celosamente vigiladas por sus seguidores, eso es la pasión puesta en lo musical, entendiendo por ello —ahora sí— algo más que un discurso sonoro. Yo diría, por lo tanto, que el rock es una forma cultural que ha colocado a la música en el centro de lo social: una apuesta, más en el sentido de un compromiso que de una mera maniobra de juego. La apuesta del rock ha ejercido una considerable influencia sobre la mentalidad de millones de personas en el mundo, así como, acaso indirectamente, sobre los de-bates intelectuales de las últimas décadas.
Basta con recordar cómo se transformaron las nociones de composición y autoría a partir de los Beatles, o el peso decisivo que ha tenido la electrónica en la producción del sonido, para entender que no estamos hablando de cambios menores. Si hoy solemos desconfiar de valores que en muchos libros aún figuran como sagrados, o nos preguntamos reiteradamente sobre el futuro de la música y de quienes la consumen, esto se debe a que hemos integrado algunas de las preguntas de la cultura rock a nuestra forma de pensar.
Finalmente, las clases han llegado al libro. Al convertir los apuntes del seminario en un ensayo, debí introducir algunos cambios —desde el elemental «esta clase» por «este capítulo» hasta otros más substanciales—, pero creo que el espíritu del trabajo no varió. Cada capítulo corresponde a una clase, exceptuando el último. (A esa altura del curso decidí seleccionar una lista de canciones de músicos argentinos del género —de la música beat al rock nacional, pasando por la progresiva— y dejar que los alumnos volcaran sus conocimientos e impresiones al fragor de grabaciones bien conocidas, que todos volvimos a escuchar después de haber frecuentado durante algunos meses el canon del rock mundial.) En remplazo de la clase final —que no tomé el recaudo de grabar— incluí un texto sobre el problema de la identidad en el rock argentino, oportunamente leído en el seminario «Nosotros y la música: salud, ética y sociedad», organizado por la Dirección de Música de la ciudad de Buenos Aires en octubre de 2006. De más está decir que mucho de lo que ahí dije fue previamente compartido con mis nuevos amigos rosarinos.
S. A. P.
La Plata - Rosario - La Plata, noviembre de 2006